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Arturo Bosque

PASIÓN Y MUERTE DE LOS HOMBRES
PASIÓN Y MUERTE DE JESÚS

Por Laureano Molina Gómez.

Días de pasión y muerte se está viviendo en todo el mundo, y especialmente padecidos por los más débiles de la sociedad del “tercer y cuarto mundo”, y de todos los ciudadanos en general, que no se encuentran en la “órbita del poderoso” y “bajo el techo que más cobija”. Quienes permanentemente están instalados en el sufrimiento, en el olvido, en el desprecio, en el aplastamiento; los que están martirizados por la Economía Global, muertos por guerras injustas de dictadores endiosados, muertos anónimamente por la implacable voracidad del capital concentrado en pocas manos, cada vez en menos manos, saben bien lo que es “pasión y muerte”. Y como reacción, quienes al rebelarse contra ese poder que esclaviza y tiraniza, lo hacen “a imagen y semejanza” de los fuertes, “oponiendo terror al terror”, queriendo constituirse también en “fuertes”, producen más sufrimiento, más abuso, más hambre y más muerte a los débiles e indefensos. Queda así instalada la fatídica espiral de la violencia.

El “Dios Mercado”, el “Dios de la Economía” que primero expolia los recursos naturales de los países pobres, y después sus tímidos ahorros con la excusa de la “Deuda” que han contraído con los préstamos “envenenados” de los países más ricos de la tierra, que permanentemente juegan con la especulación del dinero, los “usureros anónimos”, que manejan la economía global, son los que siembran pasión y muerte por todas partes, y no tienen ningún pudor en venderles las armas que fabrican, craso negocio, para que se “distraigan” matándose unos a otros. Inversiones que se van de un lugar para otro según más les convenga y más productivo sea para ellos. Ante este panorama real, es imprescindible que nos preguntemos por el sentido de la celebración de la Semana Santa Cristiana.

En nuestro mundo más inmediato y teniendo en cuenta el Informe Foessa sobre la pobreza en España en el que intervino también Cáritas Española, “se estima que aproximadamente hay 2.192.000 hogares, en los que viven 8.509.000 personas, bajo el umbral del 50% del total de la renta media disponible neta”.

“La pobreza severa afecta a 316.000 hogares y a 1.739.800 personas”. “Entre ellos hay un pequeño sector de 86.000 hogares y 528.200 personas que viven en la pobreza extrema”.

“En España la pobreza afecta al 19´4% de los hogares y al 22´1% de la población. Somos el país de la UE en el que más crece el número de ricos y también uno de los que posee los porcentajes más altos de pobreza, sólo superados por Portugal y Grecia”.

“Los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres”.

Nuria Gispert, ex presidenta de Cáritas “denuncia y eleva a casi dos millones el número de personas que sufren pobreza severa en España”.

“Almedia Garret, citada por Saramago en el epígrafe de su novela “Levantado del suelo”, pregunta a los economistas, políticos y a los moralistas si han calculado el número de individuos que es necesario condenar a la miseria, al trabajo desproporcionado, a la desmoralización, a la ignorancia crapulosa, a la desgracia invencible, a la penuria absoluta, para producir un rico”.

“En España hacen falta alrededor de 70 pobres para mantener a un rico”. “Para que todas y todos podamos vivir en unas condiciones mínimas de bienestar y dignidad pasa por el cuestionamiento profundo de la acumulación de riquezas”. “Para que dejara de haber pobres deberían desaparecer los ricos”. (Sacado de un artículo de Federico Montalban López “Pobres para que haya ricos” de Noticias Obreras - HOAC, nº 1372 - 16-11- 04).

Es la pasión y muerte de los pobres.

1.- De la pasión y muerte de los pobres a la de Jesús de Nazaret.

En cuanto nace el pobre comienza a vivir su pasión. Todos los días de su vida estará obsesionado por la búsqueda inmediata de su sustento, para sí y para los suyos. En innumerables casos su muerte será una liberación de su vivir.

A Jesús le ocurrió lo mismo, nació pobre, fue trabajador, y según se nos cuenta padeció la huída, la emigración, la adaptación a un país desconocido. Y vuelto a su tierra, fue querido por los que eran pobres como él, y odiado por las “fuerzas vivas” que detentaban el poder.

Jesús de Nazaret sufrió pasión y muerte porque no aguantó la “pasión y la muerte” de aquellas gentes que tenía ante sí: pobres, enfermos, desarraigados, olvidados, prostituidos, despreciados tanto por el poder político como religioso. Se reveló contra esa situación y comenzó dando ejemplo con su vida y con su mensaje liberador, y no solo en el terreno personal, sino también en el colectivo e institucional. El Sacerdote Javier en el entorno de los pueblos mineros de León y a los militantes de la HOAC por toda España, allá por los años sesenta y primeros de los setenta, nos entusiasmaba con sus canciones protesta. Una de sus canciones la dedicaba a Jesús de Nazaret. Cada estrofa terminaba con el mismo estribillo: “Y por eso lo mataron”. Venía a decir sobre Jesús

porque nació pobre e hijo de pobres, porque fue emigrante en Egipto, porque trabajó treinta años con sus callosas manos y se ganó el pan con el sudor de su frente, porque predicó durante tres años, no teniendo estudios oficiales, porque acarició a los niños, sanó a los enfermos, dio esperanza a los marginados, y a los inconformistas con una sociedad hipócrita, porque comprendió y aceptó a los pecadores, prostitutas, tullidos, leprosos y los trató como personas, porque su programa lo encabezaba con “bienaventurados los pobres”..., porque desmitificó el poder religioso (“ni en Jerusalén, ni en el Monte Garizin, sino en espíritu y en verdad se debe adorar a Dios”), porque se atrevió a mirar a la cara, de igual a igual, al poder político (Herodes, Pilatos), porque dijo verdades como puños y palabras de esperanza como nadie en la historia conocida, por eso lo mataron.

Jesús observó la realidad que le rodeaba, reflexionó, invocó a su Dios y actuó en defensa de los “indefensos”. Sintió en su vida la impotencia de los pobres. Y predicó la “buena nueva”, el Reino de Dios, en el que tendrían preferencia los últimos de la tierra.

Sus seguidores harían lo mismo en una cadena interminable a través de los tiempos. Santos y mártires cristianos, santos y mártires humanos, que en beneficio de sus semejantes han ido dando sus vidas durante toda la Historia: Espartaco, Gandhi, Che Guevara, Luther King, como ejemplos recopiladores de diversas formas de pensar y de actuar. Todos siguieron el impulso para hacer el bien a sus semejantes hasta su muerte. Jesús fue un modelo sin igual. Propio de una fuerza divina. Forma de insuperable eficacia: “la encarnación”.

Sintiéndose plenamente Hijo de Dios impuso con su ejemplo la única estrategia liberadora para el hombre y para todos los hombres. Llegará a decir: “bienaventurados los pobres, los que sufren..., porque de ellos es el Reino de Dios”. “Tuve hambre y medisteis de comer”...”Lo que hacéis en favor de mis hermanos lo hombres, a mí me lo hacéis”... Esto será lo que en definitiva contará a la hora de la verdad.

Creer en la encarnación, es creer en la única forma de liberar al oprimido. No hay otra estrategia válida, eficaz y universal. Es el modo de actuar de Dios para el que cree, y para el que cree en el hombre. Las cosas que quieren hacerse bien, se hacen desde abajo, no desde arriba, desde el más sabio, desde el poder. Esa es la tentación que tuvo Jesús en el desierto, y que tajantemente desechó. “El grano de trigo tiene que quedar enterrado para que dé fruto”.

Si vivimos la pasión de los pobres, viviremos la pasión de Jesús. Si morimos por los hombres, moriremos con Jesús y resucitaremos con él.

2.- De la creencia histórica en la resurrección de Jesús a la esperanza histórica de un mundo más justo.

Porque creyeron que Jesús resucitó, fueron transformando la sociedad en que vivían. Frente al poder aplastador del Imperio Romano, se impuso aplastantemente el imperio del amor fraterno. No hay nada mas actual para los tiempos que vivimos como estrategia, programa y bandera que el mensaje de Jesús. Creemos en Dios, porque creemos en Jesús, y porque creemos en el hombre.

Compartir el Mensaje de Jesús, aceptarlo y hacerlo como nuestro programa y compromiso de vida es la mejor y la única forma real de creer que Dios es Dios.

Jesús se encontró con una vida en la que los pobres llevaban años y años siendo pobres. Los ricos, los poderosos, sirviéndose años y años de los pobres, vaciando sus vidas de contenido y despojándolos de sus derechos, de su derecho a vivir mejor.

Jesús no estuvo de acuerdo con esa vida para los pobres, “vida bastarda”, al margen del querer de Dios, la asumió, y se rebeló predicando la igualdad y el amor hasta incluso a sus enemigos. Experimentó sus carencias y miserias: treinta años trabajando y solo tres predicando. Porque vivió intensamente su pobreza, compartió intensamente la “riqueza de su mensaje”, con solo tres años predicando un mensaje de amor y de igualdad, llegó a ser un grave problema para el sistema establecido. Era un peligro. Por eso “conviene que muera un solo hombre en beneficio de los demás”, diría el Sumo Sacerdote.

No estuvo de acuerdo con esa vida para los pobres, porque no es la vida que Dios quiere para los hombres. Esa vida de miseria de muchos hombres es la vida que quieren que vivan por imposición del egoísmo de los que quieren “vivir como dios”. Pero ello no tiene por qué ser así. Debe de ser de otra manera. Y comenzó a predicar el Reino de Dios y su Justicia. Y por eso lo mataron.

Jesús aceptó ser el “chivo expiatorio” en beneficio de los demás. “El no te metas en problemas” fue para él la gran blasfemia del diablo tentador en el desierto. Su forma de ver a Dios le llevó a rechazar la gran incongruencia: “No se puede servir a Dios y al dinero al mismo tiempo”, irá diciendo por todas partes. En la construcción del Reino de Dios y su justicia, no hay término medio, “o conmigo o contra mí”. El Reino de Dios es de los fuertes, capaz de separar al padre del hijo, y a la madre de la hija”...Porque en definitiva “¿quienes son mi padre y mi madre y mis hermanos?”. Ya está bien, “dejad que los muertos entierren a los muertos”, no hay excusa posible. “El que pone la mano en el arado, no puede volver la vista atrás”.

Jesús jugándose su vida, abrió el camino a la esperanza a los desesperados y desahuciados.

Porque Jesús no vivió para sí, sino para los demás, y desde los demás, el mundo entero entendió que tal vida merecía la pena resucitar. Y Jesús ha ido resucitando en todos aquellos hombres y mujeres que pusieron sus vidas al servicio de los demás. Y también éstos resucitaron y están presentes entre nosotros. “Porque creemos en él, resucitaremos con él”. El que pierde la vida, la encontrará. Jesús la perdió para sí, y la encontró para todos. Esa es la esperanza de los pobres, alcanzar una vida mejor.

Decir que se cree en Dios, y no luchar para que los pobres del mundo entero puedan vivir la vida según el plan de Dios, según la justicia de Dios, es una falacia, un engaño, una mentira. “¿Cómo puedo decir que amo a Dios a quien no veo, si no amo al hombre a quien veo?”. (San Juan).

3.- Pretender creer en la resurrección de Jesús, sin creer en su vida y en su mensaje es una falacia.

Porque creer en la resurrección de Jesús es sentir, vivir y actuar según el mensaje de Jesús, es vivir sus hechos sanadores y liberadores del sufrimiento humano, y es imitar la actitud compasiva de Jesús para con los hombres.

Pensar, creer, sentir y practicar el mensaje de Jesús es la mejor forma, y quizás la única, de creer en la resurrección de Jesús, de tal manera que aunque no hubiera resucitado en el orden físico, del ser de las cosas, sí que ha resucitado en el orden ontológico en el pensar y vivir de los cristianos, y en el hermanamiento total en el orden histórico y ecológico-cósmico, del ser de las cosas, del ser de la historia.

Creer en la resurrección de Jesús es demostrarlo, creyendo en su vida, y en el Dios de vida que anuncia. Eso es el fundamento último de la resurrección. (Así se expresan G-Lüdemann, Tomás Malagón, y Juan José Tamayo-Acosta, entre otros muchos teólogos).

Porque pienso, creo y actúo según el mensaje y la vida de Jesús, y como mejor programa para una resurrección de la sociedad, para un mundo más justo y libre, empezando por los más pobres, y ello según mi fe, mis hechos hacen historia.

Creer que Jesús resucitó y actuar en consecuencia tiene efectos revolucionarios en el futuro histórico. “Es vivir como resucitados en el corazón de la historia”. (Juan-José Tamayo-Acosta: “Dios y Jesús”. Editorial Trotta, S.A., 2003).

Es decir que en cierta medida, yo hago posible la resurrección de Jesús, porque con mi pensar, sentir y actuar al modo del mensaje de Jesús, hago posible que los hombres pobres “resuciten” con él.

Zaragoza, 8-03-05.

Laureano Molina Gómez .